Ladilla: Sale respuesta.
Tienen razón los panistas que expresan su airada irritación por la conducta no consultada, mal explicada y para nada justificada de uno de sus correligionarios más prominentes y que mejor conoce de leyes, el senador Diego Fernández de Cevallos, quien “por la libre” se involucró en el caso de los videosobornos.
Igual de molestos deben estar algunos secretarios de Estado con el o los miembros del gabinete presidencial que ensuciaron lo que debió darse a conocer por las vías institucionales.
Vicente Fox debe estar molesto consigo mismo, tanto si supo –es lo más probable– como si ignoraba el manoseo que se dio a un maravilloso tesoro político. En el caso de que no hubiese sido informado, habría que inferir que no gobierna ni en su equipo inmediato. Y si estaba al tanto, avaló uno de los peores papelazos del “gobierno del cambio” en lo que va del sexenio.
Dentro del PAN, la molestia es tan grande como la oportunidad que perdió como partido.
En el gobierno federal, por haberse abortado la preciosa posibilidad de aprovechar el cochinero perredista para levantar la deshilachada imagen del panismo en el poder.
Por angas o mangas, quien encarna el descomunal error del manoseo de caso Ahumada (más aún que el Cisen: los servicios de inteligencia del Estado) es Diego Fernández de Cevallos.
La película que se echó a perder pudo llamarse Mejor, imposible, pero la pésima producción y las actuaciones lamentables obligaron a titularla El complot de la derecha.
El guión lógico era que nadie constitucionalmente ajeno a la procuración de justicia interviniera en las diligencias ministeriales; que las evidencias recabadas fueran integradas en la averiguación previa; que se mantuvieran en secreto los elementos de prueba y que el resultado de las indagaciones y las solicitudes de órdenes de aprehensión fuese puesto en manos de la autoridad correspondiente.
Una vez hechas las consignaciones ante el juez (el secreto ministerial dejaba de ser obligado), podrían exhibirse los videosobornos y explotar políticamente la corrupción de sus adversarios.
Pero el desaseo se impuso.
¿Cómo entender que un legislador –hacedor y practicante de las leyes– se hubiera entrometido en un asunto criminal y ajeno a su competencia?
Acción Nacional es un partido conservador que históricamente ha defendido el respeto a la legalidad.
El cochinero político panista no es lo mismo que el muladar perredista, pero igual hiede gracias a la espectacular y contraproducente imprudencia de Fernández de Cevallos.
Contra el senador afilan sus hachas las tribus de cuello blanco.
A la cabeza de los tradicionalistas está el presidenciable secretario de Energía, Felipe Calderón; el de Turismo, Rodolfo Elizondo, comanda la de “los bárbaros del norte” y la de los más derechosos y ultras la dirige otro precandidato, Carlos Medina Placencia.
Entre quienes militan en esas corrientes antidieguistas está el secretario general del PAN, Manuel Espino; los senadores Luisa María de Calderón y el vicecoordinador de la bancada panista en la Cámara de Diputados, Germán Martínez.
Machetazo a caballo de espadas –político hábil, astuto y eficiente–, el afamado Jefe Diego, por lo visto creyendo que su personal estrategia no admitía opción, se lanzó sin paracaídas, dejando a su partido y a su gobierno inutilizados para combatir políticamente a López Obrador.
Por eso ayer se vio muy relajado y sereno al tabasqueño jefe de Gobierno. La “operación de Estado” en que tanto insistió ya no tuvo siquiera que esforzarse en demostrarla. C. Marín.